Alan LombardiLlegué al apartamento con el peso de mil mentiras presionando mis sienes. Al cruzar el umbral, el aroma a romero y vino tinto me golpeó de frente, una fragancia que en cualquier otra circunstancia habría interpretado como una invitación al refugio, al hogar. Pero hoy, ese aroma era el preludio de una ejecución. Sabía, por el micrófono que aún zumbaba silenciosamente en mi teléfono, que Mía había pasado las últimas dos horas moviéndose por la cocina con una precisión mecánica, tratando de ahogar sus gritos internos en el sonido del aceite al chisporrotear.La vi en la cocina, de espaldas a mí. Llevaba una de mis camisas de lino blanco, un gesto que usualmente me habría parecido de una intimidad exquisita, pero que ahora veía como un disfraz. Se estaba aferrando a la idea de la "Mía devota" para no tener que enfrentar la realidad que bullía en su cabeza.—Hola, nena —dije, dejando las llaves sobre la consola de la entrada. Mi voz sonó deliberadamente suave, casi aterc
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