Mía
Abrí los ojos suavemente aún seguíamos frente a la chimenea y con los ojos de Alan encima de mi,
la luz de la chimenea empezaba a languidecer, convirtiéndose en un resplandor anaranjado que bañaba la piel de Alan mientras se cernía sobre mí.
No hubo palabras al principio, solo el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas y el crujir de la madera. El deseo de Alan era algo palpable, una fuerza de la naturaleza que me envolvía y me hacía olvidar que afuera de estas cuatro paredes de ma