Mía
El descenso desde la montaña fue un tránsito silencioso entre la calidez de un refugio que empezaba a sentir como mío y la frialdad metálica de la ciudad que siempre se había encargado de recordarme mi lugar. Mientras el coche de Alan devoraba los kilómetros de asfalto, yo mantenía la vista fija en el horizonte grisáceo. En mi piel aún sentía el eco de sus manos y en mis oídos la vibración de su promesa. La cabaña había sido un paréntesis de fuego y deseo, el lugar donde nuestra conexión