Mía
El salón de la gala era un océano de opulencia, un desfile de seda, diamantes y perfumes caros que, para cualquier otro, habría sido el epítome del éxito. Para mí, era un campo de batalla alfombrado. El brazo de Alan alrededor de mi cintura era lo único que me mantenía anclada mientras avanzábamos bajo la mirada de la élite de la ciudad. Los susurros nos seguían como una estela; podía sentir las preguntas no formuladas chocando contra mi espalda, pero me mantuve erguida, con la barbilla en