Mía
El resto de la tarde en la oficina fue un borrón de cifras y correos electrónicos que apenas lograba procesar. La adrenalina de la llamada con mi padre todavía corría por mis venas, dejándome una sensación de triunfo amargo. Me sentía poderosa, sí, pero también extrañamente expuesta. Cada vez que miraba el anillo de talla esmeralda en mi dedo, sentía que el peso de mi nueva realidad me anclaba al suelo, recordándome que ya no había vuelta atrás.
Cuando el sol empezó a teñir de naranja lo