Mía
El portazo de Oliver aún resonaba en las paredes de cristal de mi despacho, un eco furioso de su derrota. El silencio que siguió, sin embargo, no fue de paz, sino de una tensión electrizante. Alan seguía allí, su presencia llenando cada rrecoveco de la oficina. Sus ojos, antes tan duros y fríos mientras despachaba a su hermano, ahora me miraban con una ternura que me desarmaba. Él había sido mi escudo, mi espada, y ahora era mi refugio.
—¿Estás bien, nena? —preguntó Alan, su voz baja y carg