Alan Lombardi
El cristal del ventanal de mi ático devolvía mi imagen, pero mis ojos no estaban fijos en el nudo de mi corbata, sino en el reflejo de la mujer que, en la habitación contigua, terminaba de transformarse en una reina de los negocios. Mía. Verla moverse por mi espacio, dejando el rastro de su perfume por los pasillos que antes solo olían a soledad y cuero, me provocaba una satisfacción que rozaba lo primitivo. Ya no era solo una pieza en mi tablero para destruir a Lucian o humillar