Mía MillerEl aire en la sala de justicia, después de que el juez dictara el receso, no era aire; era estática pura, un gas pesado que me quemaba los pulmones con cada bocanada. Mis manos, entrelazadas con las de Alan, estaban heladas, pero mi sangre… mi sangre estaba empezando a hervir con un tipo de rabia que nunca había experimentado en mis veinticinco años de vida. Era una furia negra, espesa, que nacía del centro de mi pecho y se extendía como lava por mis venas, consumiendo el miedo que me había paralizado horas antes.—Necesito aire —susurré, mi voz sonando extraña, como si perteneciera a otra persona.—Mía, no podemos salir del edificio —me recordó Alan, su mirada fija en los oficiales que custodiaban la puerta con una intensidad depredadora—. Pero podemos ir a una de las salas privadas de la defensa. Mis hombres tienen el perímetro asegurado.—No —dije, y mi voz cobró una fuerza que hizo que Alan se tensara, obligándolo a mirarme a los ojos—. No quiero esconderme en una ofic
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