Mía
El trayecto en el coche fue un desfile de luces borrosas contra el cristal tintado.
Alan había insistido en que lo acompañara
Alan permanecía a mi lado, en silencio, pero su presencia era como una descarga eléctrica constante en el aire del habitáculo.
Yo no podía dejar de mirar mis propias manos, entrelazadas sobre mi regazo todavía sentía el temblor de la adrenalina tras haber desafiado a mi padre y a los Lombardi en su propia cara. El peso de la carpeta con las pruebas del fraude de m