Alan Lombardi
Me alejé del escritorio de Susana sin esperar respuesta, dejándola temblando tras sus informes. Sus ojos delataban que sabía más de lo que decía, pero no tenía tiempo para presionar a una secretaria de bajo nivel cuando el mundo que había construido con Mía empezaba a agrietarse.
Cada paso que daba por el pasillo de mármol de la planta de presidencia resonaba como un martillazo en mi cabeza. El eco de nuestra pasión todavía vibraba en mis dedos, pero el calor de la piel de Mía y