Alan
El eco de nuestros jadeos todavía parecía vibrar en las paredes de cristal del despacho, pero el calor de la piel de Mía ya no era suficiente para calmar el incendio que me devoraba por dentro.
La observé mientras se recomponía, alisando su falda con una parsimonia que me resultaba exasperante.
Ella creía que este estallido de deseo había enterrado la conversación, que el sexo era el punto final de su mentira y el sello de una tregua que yo nunca había aceptado. Pero para mí, solo era e