NaiaLa cena estaba servida, pero para mí, la mesa parecía un campo de minas. El aroma de la sopa de verduras, que Katia y yo habíamos preparado con tanto cuidado, ahora se sentía como un ataque directo a mis sentidos. Me senté frente a Artem, tratando de mantener la compostura, de sonreír, de ser la mujer que él esperaba encontrar al regresar de la guerra pero mi cuerpo tenía sus propios planes, y mi secreto pesaba más que el plomo en mi vientre.Artem me observaba mientras hablaba con Katia sobre los movimientos en el puerto de San Petersburgo. Su mirada gris, siempre analítica, no dejaba de escanearme.—Naia, no has probado ni una cucharada —dijo de repente, deteniendo su relato. Su tono era suave, pero llevaba ese filo de autoridad que siempre me ponía alerta—. ¿Te sientes mal? Estás más pálida que cuando llegué.—Estoy bien, de verdad —mentí, forzando una sonrisa que no llegó a mis ojos—. Es solo que no tengo mucha hambre. El paseo a caballo con Katia me dejó un poco exhausta.—
Leer más