Naia
El trayecto de regreso a la mansión principal fue un desfile de luces borrosas y el sonido constante de las comunicaciones por radio de Viktor. El aire dentro del coche blindado estaba saturado con el olor metálico de la sangre de Artem y el aroma a pólvora que se había quedado pegado a nuestras ropas.
Él no se quejaba, ni siquiera un gemido, pero sentía cómo su cuerpo se tensaba cada vez que el vehículo tomaba una curva cerrada. Su mano nunca soltó la mía, apretándola con una fuerza que