NAIAMe desperté antes de que el sol lograra atravesar la densa niebla moscovita. El lado de la cama de Artem estaba vacío, pero las sábanas aún conservaban su calor y ese aroma a madera y ámbar que se había convertido en mi único bálsamo me quedé un momento mirando al techo, procesando la promesa de la noche anterior. El hielo se terminó quería creerle, necesitaba hacerlo, pero el silencio de la casa de seguridad me recordaba que estábamos en guerra.Me levanté y bajé a la cocina era una estancia moderna, fría y excesivamente limpia. Sentí la necesidad de hacer algo normal, algo humano busqué en la despensa y en la nevera hasta que encontré huevos, pan negro, mantequilla fresca y café me puse a cocinar con movimientos mecánicos, dejando que el sonido del chisporroteo de la sartén llenara el vacío poco después, Artem y Katia entraron en el comedor ambos vestían de negro, impecables, pero sus rostros estaban fijos en las pantallas de sus teléfonos.—Buenos días —dije, colocando l
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