La ventisca rugía fuera de la cabaña, golpeando las paredes de madera con una furia que parecía eco de la tormenta interna que azotaba a los Sinclair. Dentro, la atmósfera era eléctrica, cargada de un miedo que ni siquiera el fuego de la chimenea lograba disipar. Leonard Sinclair observaba al joven visitante, cuyo cuerpo permanecía tendido sobre la mesa de madera rústica. El muchacho, que afirmaba ser el hijo de Malcom, era un recordatorio viviente de que el pasado no se entierra, solo espera a que la nieve se derrita para emerger con más fuerza.Leonard, cuyas manos aún conservaban la dureza de quien ha empuñado el destino del mundo, comenzó a interrogar al joven Sinclair en cuanto este recuperó un hilo de conciencia. El muchacho, de ojos hundidos y piel pálida, relató una historia que desafiaba la lógica lineal del tiempo.—En mi tiempo, tú no eres el hombre que cuida uvas, Leonard —susurró el joven, su voz entrecortada por el dolor de sus heridas. —Te convertiste en un tirano tras
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