El satélite de Beatrice Sinclair, una joya de ingeniería prohibida que orbitaba la Tierra como un ojo de dios muerto, se estaba convirtiendo en una pira funeraria de metal y oro. Las alarmas de despresurización aullaban con un sonido agónico que cortaba el vacío, y el resplandor de las explosiones internas teñía de naranja los rostros de quienes habían llegado allí para reclamar el fin de una era. Katie Moore-Sinclair, la Reina de Libertia, se encontraba en el centro de la sala de mando, rodeada por el vacío del espacio y el peso de una elección imposible.Beatrice Sinclair, proyectada como una deidad de luz blanca, observaba con una sonrisa de absoluta satisfacción sociópata. El ultimátum estaba sobre la mesa: una sola cápsula de escape funcional. En un lado, el pequeño Leo, el primer heredero, dormido en su celda de estasis; en el otro, Leonard, el hombre que Katie amaba, atrapado bajo los escombros de un pasillo colapsado tras su brutal duelo con Malcom.—Elige, Katherine —susurró
Leer más