La ventisca rugía fuera de la cabaña, golpeando las paredes de madera con una furia que parecía eco de la tormenta interna que azotaba a los Sinclair. Dentro, la atmósfera era eléctrica, cargada de un miedo que ni siquiera el fuego de la chimenea lograba disipar. Leonard Sinclair observaba al joven visitante, cuyo cuerpo permanecía tendido sobre la mesa de madera rústica. El muchacho, que afirmaba ser el hijo de Malcom, era un recordatorio viviente de que el pasado no se entierra, solo espera a