El tiempo, esa magnitud que para los Sinclair solía ser una variable controlada en un laboratorio o una secuencia de datos en un servidor, recuperó su naturaleza indomable. Pasaron veinte años desde que las torres de Libertia descendieron sobre el Pacífico. Lo que antes fue una utopía de cristal y aislamiento era ahora una península artificial conectada a la costa de California, rebautizada simplemente como La Hélice. Ya no era una propiedad privada; era un ecosistema donde el silicio y la carne habían aprendido a coexistir sin cadenas.Leonard Sinclair se encontraba en el porche de la casa de madera que él mismo había construido, lejos de los sensores y el grafeno. Sus manos, antes diseñadas para la precisión quirúrgica de un "Original", estaban ahora surcadas por arrugas y callosidades, marcas de honor de dos décadas dedicadas al cultivo de la tierra. Su cabello era completamente blanco, pero sus ojos marrones —aquellos que recuperó al renunciar a la omnipotencia— conservaban una cl
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