La casa de seguridad de los Moore, que durante tres años había sido un santuario de madera y paz, se sentía ahora como un mausoleo. El silencio era roto únicamente por el zumbido del analizador biométrico que seguía parpadeando en la mesa del comedor, confirmando la pesadilla: dos sangres idénticas, dos mujeres, una sola identidad rota.Leonard Sinclair sostenía a Katie —su Katie—, sintiendo cómo el cuerpo de la mujer temblaba bajo una confusión que ninguna armadura podía proteger. Frente a ellos, la Intrusa, la mujer de las cicatrices, permanecía de pie con una calma gélida, observando el caos emocional que había provocado con la precisión de un cirujano.—No puedes ser ella —susurró Leonard, su voz era un rugido contenido—. Mi Katie conoce cada rincón de este viñedo. Ella recuerda el día que su madre murió.La Intrusa soltó una risa seca, un sonido que rascó las paredes. —Oh, Leonard. Ella recuerda lo que Beatrice le permitió recordar. Recuerdos filtrados, pulidos, diseñados para cr
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