El sol de Maine tenía una forma particular de lamer las hojas de las vides, un dorado suave que prometía una cosecha generosa. Habían pasado tres años desde que el ático de la Torre Sinclair se convirtió en un matadero de ilusiones y una pira para billones de dólares. Tres años desde que el mundo dejó de escuchar el nombre de Leonard Sinclair en las noticias financieras para sustituirlo por el silencio del retiro.
En los viñedos Moore, la vida se medía ahora en estaciones, no en fluctuaciones d