El regreso a Manhattan no fue la entrada triunfal de dos héroes, sino el aterrizaje de dos depredadores en un territorio que creían conocer, pero que había sido sutilmente transformado en su ausencia. El helicóptero del Consejo de los Doce descendió sobre el helipuerto de la Torre Sinclair con un zumbido opresor, mientras la ciudad, ajena a la guerra biológica y las verdades de laboratorio, brillaba bajo las luces de neón. Leonard Sinclair, aún apoyado en un bastón de fibra de carbono para compensar la debilidad persistente de sus nervios, ayudó a bajar a Katie. Ella no aceptó su mano por debilidad, sino como un gesto de alianza frente a los hombres del Consejo que los observaban con una mezcla de pavor y escrutinio.—Bienvenidos a casa, Regente, Líder Sinclair —dijo el enviado del Consejo, señalando hacia los ascensores—. Sin embargo, debo advertirles que la Matriarca Beatrice no se fue en silencio. Sus últimas órdenes, ejecutadas a través de un fideicomiso cultural antes de su desti
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