El silencio que siguió al anuncio de la donación masiva de Katie no fue de paz, sino el preludio de una tormenta de fuego. En el ático de la Torre Sinclair, donde el lujo y la traición se habían dado la mano durante décadas, el tiempo pareció detenerse por un segundo eterno. Viktor Sinclair, con el rostro desencajado por la pérdida de su derecho de nacimiento, y James Ford, viendo cómo su última oportunidad de grandeza se evaporaba, intercambiaron una mirada de desesperación asesina.—Si no hay imperio —rugió Viktor, sacando una pistola de cerámica de su chaqueta de gala—, entonces no habrá herederos.El primer disparo impactó en un candelabro de cristal, bañando el salón en una lluvia de esquirlas brillantes. Los invitados, la élite del Consejo de los Doce y los magnates del Sindicato del Este, entraron en pánico, convirtiendo la gala en un caos de seda y gritos. Los mercenarios de Viktor, operando bajo un protocolo de contingencia violento, abrieron fuego contra la Unidad Omega de L
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