El motor de la lancha rugía.Solo eso.El motor, el viento, el mar negro del Pacífico Sur abriéndose en todas las direcciones como un desierto sin bordes. Sera piloteaba con ambas manos en el timón y los ojos fijos en el horizonte que no mostraba nada. Marina vigilaba la popa, de espaldas al viento, con los ojos entrecerrados en esa expresión que significaba que estaba escuchando al futuro.Valeria no hacía nada visible.Lo que significaba, para quien la conocía, que lo estaba haciendo todo.Dante yacía en el fondo de la lancha con la cabeza apoyada en el muslo de Lucía.No estaba muerto. El vínculo lo confirmaba: ese pulso irregular, dañado, fracturado como un espejo con una grieta central que todavía sostenía la imagen. Latía. Débil, pero latía. El pecho de Dante subía y bajaba con la regularidad mecánica de alguien que respira porque el cuerpo sabe hacerlo incluso cuando la mente se ha desconectado.La sangre en su cara se había secado.Costras oscuras alrededor de la nariz, en la
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