El motor de la lancha rugía.
Solo eso.
El motor, el viento, el mar negro del Pacífico Sur abriéndose en todas las direcciones como un desierto sin bordes. Sera piloteaba con ambas manos en el timón y los ojos fijos en el horizonte que no mostraba nada. Marina vigilaba la popa, de espaldas al viento, con los ojos entrecerrados en esa expresión que significaba que estaba escuchando al futuro.
Valeria no hacía nada visible.
Lo que significaba, para quien la conocía, que lo estaba haciendo todo.
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