La llegada de Andrés Castellanos a la sala de juntas no tuvo la violencia explosiva de Ignacio, quien solía romper cosas cuando perdía el control, ni la teatralidad perfumada de Regina, que entraba a las habitaciones esperando aplausos; fue, por el contrario, una helada repentina, un descenso absoluto de la temperatura espiritual que mató todo el oxígeno en la habitación y dejó a los presentes conteniendo el aliento ante la presencia de un depredador que no necesitaba rugir para demostrar quién mandaba en la selva de hormigón.Isadora permaneció de pie junto a la cabecera de la mesa de caoba, flanqueada por Dante a su derecha, quien se tensó visiblemente como un perro guardián que huele el peligro, y por Marcos a su izquierda. Su primo, apoyado en su bastón con esa postura defensiva que había perfeccionado en las calles durante treinta años de supervivencia, miraba al senador con un odio crudo y sin refinar, un contraste violento con la elegancia letal del hombre que cruzaba el umbral
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