El murmullo del agua de la fuente de mármol parecía ser el único sonido en el universo. La luna, una esfera de plata impecable, iluminaba el rostro de Ricardo, tallando sus facciones con una dureza casi irreal. Sus ojos, oscuros y profundos, estaban fijos en los míos, cargados de una urgencia que me hacía tambalear más que el alcohol que corría por mis venas.—Hay muchas cosas que no son como crees, Isabella —repitió él. Su voz era un susurro ronco que vibraba en el aire frío de la noche, una frecuencia que conocía demasiado bien y que solía calmarme en el pasado, pero que ahora solo despertaba mis alarmas—. Hay verdades que aún ignoras, piezas de un rompecabezas que no has podido armar porque no ha sido el tiempo correcto para que las sepas.Solté un bufido de pura incoherencia, una risa amarga que se escapó de mi pecho antes de que pudiera contenerla. La rabia, alimentada por la humillación de verlo allí, en el cumpleaños de mi padre, ocupando el lugar que me correspondía, estalló e
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