El lunes por la mañana, el aire en la ciudad se sentía pesado, como si la humedad del amanecer intentara aferrarse a los edificios de cristal. Entré en el bufete de Santoro con el paso firme, vistiendo un traje gris carbón que gritaba autoridad. Mis tacones resonaban en el mármol del vestíbulo, marcando un ritmo de urgencia. Sin embargo, al llegar a la recepción, mi mirada buscó instintivamente la oficina de Sebastián.Allí estaba él, revisando unos documentos con una taza de café en la mano. Al verme, sus ojos se iluminaron con una chispa de alivio, pero yo mantuve mi expresión profesional, blindada por el recuerdo de su "café" con Jessica.—Buenos días, Sebastián —dije, entrando en su despacho sin esperar invitación—. Espero que tu tarde de domingo haya sido... reparadora.Sebastián dejó la taza con lentitud, una sonrisa ladeada dibujándose en su rostro. —Fue informativa, Isa. Aunque creo que tu tono me dice que todavía estás pensando en Julián. —Estoy pensando en el caso de los Mo
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