El aroma del té de jazmín que acababa de prepararme Jimena flotaba en el aire, pero mi mente estaba en otro lugar. Me encontraba sentada en el sofá, con la mirada perdida en el vapor que subía de la taza, cuando un recuerdo, que hasta ahora había permanecido bloqueado por el trauma y la rabia, emergió con una claridad abrumadora.Fue el momento exacto en la sala de interrogatorios. Volví a ver el agua derramada, el cristal rompiéndose sutilmente y, sobre todo, la imagen de Ricardo. La seda de su camisa blanca, empapada, se había vuelto una segunda piel. Recordé cómo mis ojos, traidores a mi voluntad, recorrieron la dureza de su pecho, la línea definida de sus abdominales y la forma en que sus hombros anchos parecían llenar todo el espacio.Me sonrojé de inmediato, sintiendo un calor violento subir por mi cuello. Apreté la taza con fuerza, avergonzada de mi propia biología.—¿Cómo puedo estar pensando en eso? —me recriminé en un susurro—. Es un hombre ruin, un manipulador... pero, Dios
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