La oficina de Jessica estaba en penumbras, iluminada solo por la luz de la ciudad que se filtraba por el gran ventanal. Frente a ella, Camila Morel fumaba un cigarrillo con movimientos nerviosos, aunque sus ojos brillaban con una excitación maligna. Sobre el escritorio, un pequeño frasco de cristal con un líquido incoloro parecía una joya letal.—¿Estás segura de que esto funcionará? —preguntó Jessica, mirando el frasco con una mezcla de fascinación y miedo—. Si Santoro se entera de que yo organicé esto y algo sale mal, mi carrera se acaba.—No seas cobarde, Jessica —siseó Camila, dejando escapar una nube de humo—. Esto no es un veneno que la matará, al menos no físicamente. Es un potencializador. Hará que pierda la inhibición, que su cuerpo arda y que su mente se nuble. Horacio Montenegro hará el resto. Él está tan obsesionado que no hará preguntas cuando ella se le eche encima. Y ahí estarás tú, o alguien de mi confianza, con una cámara para registrar la caída de la "impoluta" Isabe
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