Mateo permanecía estático dentro de su camioneta, con el motor apagado y la respiración contenida. A través de su televisión, el mundo parecía reducirse a esa mesa en la terraza del restaurante italiano. Sus dedos, expertos en capturar momentos, temblaron ligeramente al ajustar el enfoque.
—No puede ser —susurró para sí mismo, soltando una risa nerviosa que se mezclaba con el asombro.
Allí estaba ella. Isabella Vargas. Pero no era la mujer que él recordaba de las cenas benéficas y las reuniones