Valentina no durmió.No porque tuviera miedo.Sino porque cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver la fotografía: Luciana Monterrey caminando hacia las cámaras con el cabello corto y una sonrisa que no pedía perdón por nada.A las cinco de la mañana se levantó sin despertar a Sebastián.Preparó café. Revisó los documentos por decimocuarta vez. Dobló la carpeta de evidencias con la precisión de alguien que sabe que un centímetro fuera de lugar puede costar todo.Isabella murmuró algo desde el cuarto.Valentina se asomó. La niña dormía boca arriba con los brazos abiertos, como si el mundo le perteneciera.Así, pensó Valentina. Eso es exactamente lo que defiendo hoy.El tribunal federal olía a papel y a aire acondicionado viejo.Valentina entró a las nueve en punto, flanqueada por su abogada, Dra. Montserrat Aguilar, y por Carolina, que cargaba una tablet con el monitoreo de redes sociales en tiempo real.Los fotógrafos ya estaban afuera. Los flashes empezaron antes de que cruzara la
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