Las once y veinte de la noche.
El departamento dormía excepto ella.
Valentina caminaba por el pasillo con Isabella en brazos desde hacía cuarenta minutos. La niña no estaba llorando. Era Valentina quien no podía quedarse quieta.
Isabella olía a lavanda y a ese calor específico de los bebés dormidos que pesa diferente al de cualquier otra cosa en el mundo.
Valentina la mecía sin pensar.
Y pensaba en todo lo demás.
Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
La frase de Carmen giraba en su