Sebastián le había preguntado cómo estaba.
Valentina tardó diez segundos en responder.
—Bien.
Él la miró.
—¿De verdad?
—No. —Pausa—. Pero voy a estarlo.
Era la respuesta más honesta que podía dar frente a esa ventana, con las tres plantas en macetas que nadie había regado, en el pasillo de un tribunal que olía a papel viejo y a decisiones irreversibles.
Sebastián asintió.
No insistió.
Eso era lo que más le gustaba de él.
La sentencia de Carmen Mendoza se leyó once días después.
Veinticinco años