El martillo del juez golpeó cuatro veces.
Nadie lo escuchó.
La sala tenía el sonido específico de un cuarto donde acaba de caer algo que no puede recogerse: un murmullo que no era conversación sino el ruido colectivo de veinte personas procesando al mismo tiempo una frase que cambiaba todo.
Eduardo Duarte no era el abuelo de Sebastián. Era su padre.
Valentina no se movió.
Tenía la mano sobre la de Sebastián. La de él seguía fría. Seguía plana sobre la rodilla. Seguía exactamente donde estaba cu