La mansión Duarte a las cinco de la tarde tenía una luz diferente a cualquier otra hora.No era calidez.Era el tipo de luz que entra oblicua por ventanas que llevan años sin que nadie las abra, que convierte el polvo en partículas visibles y hace que los espacios vacíos parezcan más vacíos de lo que son.Valentina lo notó desde el momento en que el auto entró por el portón.El personal de mantenimiento había reducido desde la reestructuración. La fuente del jardín central estaba apagada. Las macetas del corredor principal necesitaban agua.La mansión respiraba, pero despacio.Como alguien que duerme un sueño que lleva demasiado tiempo.El ama de llaves, Dolores, las recibió en la entrada con la expresión neutra de quien ha aprendido a no hacer preguntas sobre las visitas de la señora Duarte.—Necesitamos acceso al ala este, segundo piso —dijo Valentina.Dolores no parpadeó.—El ala este está cerrada desde hace mucho tiempo, señora. Las llaves están en la administración, pero——¿Dónde
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