La segunda semana del juicio olía igual que la primera.
Papel. Aire acondicionado. Y algo más difícil de nombrar: la tensión específica de un cuarto lleno de personas que esperan que alguien mienta.
Valentina llegó cada mañana a las ocho y cuarenta y cinco.
Misma silla. Misma carpeta. Misma postura.
Lo que cambiaba era el daño acumulado al final de cada sesión.
El lunes, la acusación presentó a su primer testigo de la semana: un contador forense que había auditado los libros del Proyecto Fénix.