Valentina no durmió la segunda noche tampoco.
Pero esta vez no fue por la fotografía de Luciana.
Fue por el contrato.
Estaba en algún cajón de su memoria, ese papel que firmó hace años con Sebastián. Las cláusulas. El número. La frialdad de dos personas que acordaban una vida como si acordaran un arrendamiento.
Lo que construyeron encima de eso era real.
Pero el papel también lo era.
Y Luciana lo tenía.
Sebastián la encontró sentada en la cocina a las cuatro de la mañana.
No dijo nada. Puso la