Las once y cuarto de la noche.
El departamento dormía.
Valentina no.
Tenía la laptop abierta de nuevo, la pantalla en el único punto de luz del estudio, y la cuenta de El Contador desplegada frente a ella como una pregunta que no podía ignorar aunque quisiera.
No podía querer ignorarla.
Ese era el problema.
Lo primero que hizo fue lo que siempre hacía cuando los números no cuadraban: desconfiar de su primera lectura.
Volvió al inicio del archivo.
Leyó cada transferencia desde la más antigua.
Oct