El Centro Femenil de Reinserción Social olía a cloro y a tiempo detenido.
Valentina entregó su identificación en la entrada sin decir nada innecesario. Pasó el detector. Firmó el registro. Siguió al guardia por un pasillo de paredes beige que no cambiaban de tono ni de textura durante cincuenta metros.
Sebastián había querido venir.
Ella le dijo que no.
No porque no lo necesitara. Sino porque esta conversación tenía que ocurrir entre dos personas exactas, sin testigos que cambiaran la química d