—Bienvenido, señor. El jefe lo espera —dijo uno de los sirvientes en cuanto llegó.Brandon apenas le dirigió una mirada al hombre. Luego fijó la vista en el edificio que tenía enfrente. Era imponente, elegante y ostentoso, pero para él no tenía nada de especial.De no ser porque su madre se lo pidió, jamás habría puesto un pie en ese lugar.Avanzó sin titubear, sin prestar atención a nada a su alrededor. Los sirvientes se movían en silencio por los pasillos, casi invisibles pese a ser tantos. Entre los sirvientes había guardias de traje negro apostados en distintos puntos. Su postura rígida dejaba claro que estaban siempre alerta.No tardó en entrar al comedor. El enorme salón estaba dispuesto con esmero y olía a comida recién hecha. Una gran mesa de madera oscura ocupaba el centro, cubierta de platos cuidadosamente dispuestos. Aun así, nadie había probado la comida.Brandon se sentó a la izquierda, frente a un hombre que se parecía mucho a él. Ese hombre comía con calma, como si la ll
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