Tres golpes suaves pero claros resonaron en la puerta de la suite e interrumpieron el tenso silencio. Por un instante, nadie se movió. Fue como si todos hubieran contenido la respiración.Lydia, de pie junto a la mesa, se volvió hacia la puerta. Apretaba el frasco del medicamento de Naomi con tanta fuerza que le hormigueaban las manos. Vincent ya se había adelantado, con el cuerpo alerta y la mirada afilada. Cale, mientras tanto, permanecía callado y erguido junto al sofá donde dormía Naomi; su inquietante calma aumentaba aún más la tensión.Vincent todavía tenía el teléfono en la mano. El último mensaje seguía en la pantalla.“Ya suben a su piso”.Volvieron a tocar.—No abras —dijo Lydia en voz baja. Intentó sonar tranquila, pero la voz le tembló de ansiedad.Cale no respondió. Le lanzó una mirada rápida a Vincent.—¿Quién cubre el pasillo?—Dos de nuestros hombres, al fondo del corredor. De momento no han detectado señales de peligro, señor.Un tercer golpe sonó en la puerta, acompañ
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