Naomi no dijo nada más. Fue hasta su departamento, abrió la puerta y entró. Antes de cerrarla, notó que Vincent seguía de pie en el pasillo y esperó hasta que ella cerró bien la puerta con llave.
El cuarto era pequeño, estrecho e incómodo, pero esa noche le parecía el único refugio que aún le quedaba. Naomi dejó el bolso sobre la mesa, apoyó la espalda contra la puerta y cerró los ojos.
La cabeza le palpitaba desde hacía horas. Habían pasado demasiadas cosas en un solo día. Un nombre del pasado