¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!
Cada golpe en la puerta del departamento retumbaba como un martillazo en el pecho de Naomi. Sostenía el celular contra la oreja con las manos temblorosas, a la espera de que se conectara la llamada. Pero antes de que alguien contestara, escuchó que forzaban la cerradura desde afuera. Las bisagras de la puerta rechinaron con fuerza.
—¡Naomi! ¡Abre la puerta!
—¡Ya le llamé a la policía! —gritó ella, aunque se le quebró la voz y hasta ella sabía que la amenaza no resultaba creíble