En el asiento trasero, Naomi iba rígida junto a Lydia. Mantenía los dedos entrelazados con fuerza sobre el regazo y tenía los hombros tensos desde que salieron del museo. De vez en cuando le lanzaba una mirada a Lydia, como si quisiera decir algo, pero siempre se contenía. La situación no les permitía hablar.
A esa hora ya debería haber estado en el trabajo.
“¿Qué voy a hacer?”, pensó Naomi, angustiada. “Ojalá no me despidan solo por llegar tarde esta vez”.
—Tranquila —susurró Lydia al notar la