El cielo de Berlín brillaba esa tarde, pero Lydia no estaba de buen humor. Caminaba sin rumbo por un parque de la ciudad, sin decidir adónde dirigirse. El susurro de los árboles, la brisa suave, la gente que pasaba. Lydia apenas percibía cuanto la rodeaba.Solo podía pensar en una cosa. Cale. También pensaba en todo lo que él ocultaba.—¿Le gustaría sentarse un momento, señora? —preguntó Andrew con cautela, manteniendo una distancia prudente.—No —respondió Lydia, cortante, sin siquiera voltear a mirarlo—. Sigamos.Andrew asintió; había notado el cambio de humor de Lydia, pero, como siempre, no insistió. Del parque, Lydia pasó a un distrito comercial. Allí dejó de contener el impulso de comprar.—Ese —dijo mientras señalaba un bolso—. Y ese también.—Por supuesto, señora.Una tienda se convirtió en dos. Dos, en tres.Lydia compraba sin titubear todo lo que le llamaba la atención. Zapatos, ropa, accesorios, cualquier cosa que le gustara en el momento. Incluso cosas que no necesitaba. Si
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