El sol se filtraba por las persianas de las oficinas de Lennox Industries con una luz dorada y polvorienta, una que parecía subrayar la melancolía del lugar. Sofía observaba el horizonte desde su despacho, esperando. Cuando Simón entró, cerrando la puerta con doble llave y activando el inhibidor de señal, el ambiente cambió. Ya no eran los directivos de un imperio; eran dos hermanos que habían quedado huérfanos de certezas.Sofía no anduvo con rodeos. Le contó sobre la cámara de Faraday, el espacio oculto que Marcus había encontrado en la Torre Thorne, y la caligrafía de su padre, Thomas Lennox, grabada en la puerta.Simón se hundió en el sofá de cuero, con el rostro pálido. La mención de Arthur, el plan para ocultar su rastro genético y la paranoia que ahora dictaba cada uno de sus movimientos, lo sacudió hasta la médula.—¿Estás diciendo que papá estuvo en el corazón de la Torre Thorne construyendo algo a espaldas de Richard? —preguntó Simón, con la voz quebrada—. ¿Algo que ni siqui
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