El silencio en el ático de la Torre Thorne había dejado de ser un lujo para convertirse en una amenaza. Alexander permanecía de pie frente al inmenso ventanal que dominaba Manhattan, pero ya no sentía la embriaguez del poder que solía otorgarle esa vista. Ahora, cada rascacielos iluminado en el horizonte parecía un ojo vigilante, y cada sombra proyectada en el cristal se antojaba un espía.
A sus espaldas, Sofía sostenía a Arthur. El bebé dormía plácidamente, con la respiración rítmica y pura, t