La Torre Thorne, ese obelisco de cristal que solía proyectar una sombra de omnipotencia sobre la ciudad, se sentía hoy como un animal herido. El vestíbulo, habitualmente un hormiguero de ejecutivos con trajes a medida y pasos presurosos, estaba sumido en un caos contenido. Los monitores financieros, que en tiempos de Alexander Thorne emitían un brillo verde de estabilidad, ahora parpadeaban en un rojo sangriento. Las acciones caían, y el murmullo de los "buitres", inversores de riesgo y competidores despiadados, se escuchaba en cada rincón, esperando el momento exacto para desmembrar el imperio.En medio de este torbellino, las puertas del ascensor privado se abrieron en la planta 50. Sofía Lennox salió con paso firme. No llevaba joyas, ni el rastro de la vulnerabilidad que la había marcado semanas atrás. En sus brazos, protegido por una manta de hilo, dormía Arthur. Su presencia en la cima del edificio no era un acto de conquista, sino de preservación.Sofía entró en el despacho de A
Leer más