El búnker del "Refugio de los Robles" no conocía el concepto del tiempo. Allí abajo, entre el zumbido constante de los procesadores y el olor a ozono, el día y la noche se fundían en una sola jornada de vigilia técnica. Sin embargo, tras el regreso de Alexander y Sofía de la gala, la atmósfera había dejado de ser tensa para volverse eléctrica, cargada con la estática de un rayo a punto de caer.Simón no había despegado los ojos de sus dieciséis monitores. Sus dedos, rápidos y nerviosos, ejecutaban comandos con una precisión quirúrgica mientras se sumergía en las capas más profundas y prohibidas de la dark web. El nombre "Phillip Suant" flotaba en el centro de su pantalla principal, rodeado de una red de conexiones que, a simple vista, parecían el currículum de un ciudadano ejemplar.—Es demasiado perfecto —mascó Simón, dándole un sorbo a un café que ya estaba frío—. Nadie es tan limpio, Alexander. Ni siquiera un santo tiene una huella digital tan impecable.Alexander y Sofía estaban d
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