La sala del tribunal se había convertido en un campo de batalla de tecnicismos. Los abogados de Julian Vane, financiados por fondos de origen oscuro que ni siquiera la fiscalía lograba rastrear, estaban logrando desviar la atención. Alegaban que las pruebas presentadas por Alexander Thorne eran fruto de una coacción y que el testimonio de Sofía Lennox estaba viciado por el resentimiento personal. El juez parecía dudar; el juicio del siglo amenazaba con disolverse en una nube de dudas razonables